Saltar al contenido

Hasta siempre, Oscar Albrecht: cuando la bandera a cuadros duele

Hay hombres que no necesitan subir a un podio para ser protagonistas de una victoria. Que no aparecen en las fotografías del festejo ni reciben la bandera a cuadros, pero que llevan en sus manos una parte fundamental de cada triunfo. Oscar Alfredo Albrecht fue uno de ellos. Y el automovilismo regional acaba de perder a un verdadero fierrero de ley.

El jueves 8 de octubre llegó desde Rafaela una de esas noticias que nadie quiere recibir. A los 72 años, después de dar una dura batalla contra una enfermedad que no pudo doblegar su entereza, falleció Oscar Alfredo Albrecht, un hombre que hizo del trabajo, el conocimiento y su pasión por los fierros una forma de vida. Un amigo de ACELERANDO y de su creador, Miguel Angel Rodríguez, mucho más allá de haber apoyado nuestra tarea por muchos años, con el que nos unía una relación especial, ya sea por las charlas que mantuvimos en su taller como las más recientes, vía mensajes, cuando nos mantenía al tanto de su estado de salud.

Había nacido en Susana, pero fue Rafaela la ciudad que lo vio construir buena parte de su historia. Allí, durante más de cuatro décadas, su taller se convirtió en un lugar de referencia para pilotos y equipos que buscaban algo más que un amortiguador preparado. Buscaban la experiencia, el oficio y esa sensibilidad que no se aprende solamente con herramientas, sino también con años de escuchar, interpretar y sentir un auto de carrera.

En ese mismo ámbito compartía jornadas de trabajo con su hijo Guillermo, dedicado a los amortiguadores de vehículos de calle. Dos generaciones unidas por el oficio, mientras Oscar Alfredo seguía alimentando una pasión que parecía no conocer descansos.

Sus trabajos viajaron mucho más lejos que él. Recorrieron circuitos, acompañaron ilusiones y fueron parte de numerosas consagraciones en categorías zonales y regionales, especialmente de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba.

Porque detrás de muchos campeonatos hubo también algo de sus manos. De esas manos que ajustaban, corregían, probaban y volvían a empezar hasta encontrar esa diferencia que, en el automovilismo, puede separar una buena carrera de una victoria.

Sus primeros pasos estuvieron ligados al Midgets del Litoral, junto a Sebastián Operto. Después llegarían los primeros grandes éxitos acompañando a Daniel Cipolat en el Fiat 600 TS. Y desde entonces, su nombre comenzó a ganar un lugar propio en el ambiente tuerca, incluyendo TC 850 Entrerriano y SP 1000, donde muchos fueron campeones con sus amortiguadores.

Pilotos, preparadores y equipos de diferentes puntos de la región recurrieron a sus servicios. Su trabajo fue creciendo en reconocimiento, pero Oscar Alfredo conservó siempre esa esencia tan particular de quienes llevan el automovilismo mucho más allá de una actividad profesional.

Porque también le gustaba acelerar.Participó en pruebas de regularidad con automóviles antiguos y encontró en el karting otra manera de disfrutar la velocidad, hasta incluso cruzar el chaco para correr en La Paz, cuando la tierra era el piso para acelerar. Allí aparecía una de sus características más entrañables: ese humor tan suyo con el que se jactaba de enfrentar en la pista a jovencitos que, en algunos casos, ni siquiera alcanzaban la edad de sus propios hijos.

Era su manera de desafiar al tiempo. De seguir sintiéndose piloto, de continuar disfrutando aquello que había elegido como parte inseparable de su existencia.

Pero la vida, que tantas satisfacciones le había regalado entre motores, circuitos y talleres, terminó poniéndolo frente a la carrera más difícil.

Una cruel enfermedad se cruzó en su camino. Oscar Alfredo la enfrentó con admirable fortaleza, sin entregar fácilmente terreno. Hubo momentos en los que pareció haber conseguido dominarla, como tantas veces había logrado corregir el comportamiento de un auto hasta llevarlo al punto justo.

Sin embargo, esta vez el adversario volvió con mayor dureza.

Durante los últimos días, su estado se agravó. Y en la mañana de este jueves 8 de octubre llegó el desenlace que nadie quería aceptar.

Esta vez no hubo reglaje posible, ni una nueva puesta a punto, ni otra oportunidad de salir a pista. La vida bajó una bandera a cuadros demasiado dolorosa.

Se fue un hombre de fierros. De trabajo silencioso. De esos protagonistas imprescindibles que pocas veces ocupan la primera plana, pero sin los cuales muchas historias de gloria jamás podrían haberse escrito.

Y se fue mucho más que un reconocido preparador de amortiguadores.

Para quien escribe estas líneas, se fue Oscar Alfredo. Así, con sus dos nombres, como siempre lo llamé. Un conocido de tantos años, un amigo del ambiente, una presencia familiar en ese universo de motores y carreras que nos ha permitido compartir caminos, conversaciones y recuerdos.

Por eso, esta despedida tiene algo diferente. Porque cuando parte alguien que formó parte de tantos años de nuestra propia historia, el dolor también se vuelve personal.

Quedarán sus trabajos, los campeonatos que ayudó a conquistar, las anécdotas, su humor y el recuerdo de un hombre que hizo del automovilismo una pasión de toda la vida.

Desde ACELERANDO ENTRE RÍOS, acompañamos con profundo pesar a su esposa, sus hijos y a toda la familia Albrecht.

El automovilismo regional pierde a uno de sus hombres valiosos. De esos que no siempre aparecen en las estadísticas, pero cuyo legado permanece en cada historia que ayudaron a construir.

Hasta siempre, Oscar.

Se apagó el motor de tu vida, pero el eco de tu trabajo seguirá sonando en muchas pistas.

Descansá en paz, querido amigo.

En base a palabras de Gustavo Wytrzes y redacción de acelerandoentrerios.com.ar



Compartir: